ASFIXIA

o de mi primer cambio de piel

Septiembre 2014

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Lo recuerdo como si hubiera sido ayer pues antes de ello casi no tengo memoria. Era el año de 1995 en la ciudad de México cuando el video emigraba del formato analógico al digital.  Ahí estaba yo recién desempacado de mi natal Puebla de los Ángeles, después de casi 25 años de vida embrionaria llena de carencias emocionales y sentimentales en medio de un micro universo donde hacía años se había agotado el oxigeno. Antes de este tiempo, mi vida entera se podría resumir en una sola palabra: gris. Nunca brillante, nunca sobresaliente. Era como si este cuerpo se hubiera adelantado veintitantos años a la llegada de mi alma. 

 

Así, mientras el video emigraba de los pulsos electromagnéticos a los bits de información empezó la más grande de mis transformaciones. En este punto ciego de mi vida, el video empezó a llenar los vacíos existenciales con imágenes y sonidos inicialmente provenientes de la cámara y más tarde de la computadora. Durante este tiempo no pude dejar de ver hacia atrás, hurgando en las grietas de la memoria y de los sueños. Fue ahí donde la mayoría de las batallas por definir esta nueva estructura tuvieron lugar. 

 

En esta guerra me desintegré y me volví a hacer. Vomité la comunicación y aprendí de la expresión, escupí religión y confeccioné mi propia espiritualidad, del chantaje pasé amor, del morbo al placer. Cada vez que se caía una parte de mi, había que crear una nueva. La observación y la experimentación se convirtieron en mi método. El lugar: el Centro Multimedia, repleto de una fauna tan exuberante como para encontrar cada una de las piezas de este nuevo rompecabezas. Ahí, los ingenieros mutan en artistas, los artistas visuales hacen música, los músicos programan y los psicólogos hacen películas. 

 

En medio de este freack show fue que descubrí mi fascinación por el cuerpo y la danza. Pisé el escenario, viví el pánico escénico y la energía del público. Pasé horas platicando con músicos, ingenieros, antropólogos, cineastas, bailarines, coreógrafos y escenógrafos. Los amé y los admiré. Aprendí sus cosmogonías y me enamoré de sus musas. Algunos los devoré y luego me deshice de ellos; otros aun habitan en mi. Al final, esta piel que soy está hecha de marcas reconocibles de todos esos encuentros y desencuentros. Mi obra es un relato de esta búsqueda, no siempre coherente ni consistente, más bien desesperada y obsesiva de una estructura orgánica en continua ebullición.

 

A trece años de que mi alma por fin tomo el control de mi vida, difícilmente puedo concebir alguna pieza sin el reto de conocer otro poquito de mi, a través de reconocerme en alguien mas. Mi disciplina es la suma de mis trayectos hacia el encuentro con estos seres y sus quehaceres. La transdiciplina es la instantánea del momento casi mágico en el que por fin comprendo al otro.  

 

A. Salomón

Mayo 01, 2008